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Perfecto edificio azul

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Apura el cigarrillo frente al edificio de cristal azul, lanza la colilla al suelo, junto a una papelera. Se ajusta el nudo de la corbata, avanza hacia la enorme puerta de cristal que se abre a su paso. Nota algo de frío mientras camina hacia el centro de aquel enorme y aséptico vestíbulo, hacia el mostrador circular de recepción.


- Buenos días.

- Buenos días, vengo a Ívol Capital.

- Me indica su nombre, si es tan amable.

- Gonzalo Vega de Leiza.


La recepcionista - pelo negro recogido en uno de esos moños que ponen a prueba las raíces del cabello, traje oscuro de chaqueta, camisa blanca, facciones bellas, amplia sonrisa que a la vez desprende algo así como desprecio, resentimiento tal vez – teclea rápidamente, atiende durante unos segundos a su pantalla, levanta la mirada y una vez más su sonrisa trata de desmentir a sus ojos.


- Necesitaría su D.N.I., señor Vega.

- ¿Mi D.N.I.?

- Son normas de seguridad, lo necesitamos para hacerle la tarjeta de visitante.

- En realidad solo estaré unos minutos...

 -Son normas de seguridad. Señor Vega.


El fragor de la batalla ópticodental ha alcanzado máximos históricos. El visitante tira de la solapa derecha de su americana y extrae su cartera del bolsillo interior, al abrirla los compartimentos de cuero parecen, plata y oro por doquier, los estantes de un joyero. Saca el carné entre índice y pulgar y lo deposita boca arriba sobre el mostrador. La mujer lo recoge, deslizándolo sobre la madera hasta el borde interior, y lo entrega al guardia de seguridad con quien comparte la circunferencia. Los índices del guardia bailan rápidamente sobre el teclado, después saca de un cajón una tarjeta de plástico y, tras pasar la banda magnética por una ranura, introduce la tarjeta en una funda transparente, con pinza, y lo entrega junto con el carné a la recepcionista.


- Aquí tiene, señor Vega. Los ascensores están al fondo del hall.

- ¿Qué planta?

- Es la planta 47. Simplemente coloque la tarjeta frente al lector situado junto a la puerta, y el ascensor le llevará a la planta correspondiente.

- Vaya.

- No olvide entregar la tarjeta al marcharse, señor Vega, muchas gracias.

- Sí.


Deja atrás el mostrador notando ahora algo de calor. Recuerda ahora que Álvaro, el socio director de Ívol que va a entrevistarle, le había comentado que el edificio es de esos inteligentes que de tan inteligentes son medio tontos, ya sabes, los paneles de cristal de las paredes se van moviendo para conseguir, se supone, una temperatura óptima, cualquier día va y acierta, yo no pierdo la esperanza. Aquel discurso entre la broma y la queja no era sino una forma de presumir. Tengo la oficina en el edificio más caro de la ciudad pero lo cuento poniendo pegas para parecer humilde. Él lo solía hacer también con sus clientes cuando los recibía en el bufete de Velázquez: el tráfico para venir a este edificio señorial tan céntrico es horrible; y lo hacía también al socializar: la piscina es demasiado grande, el Bentley tiene un consumo elevadísimo, las tetas de mi mujer están demasiado duras tras la operación.


Se mete un par de chicles en la boca, para mitigar el mal aliento provocado por el tabaco. Pasa la tarjeta frente al lector y espera. Al cabo de unos segundos se abren las puertas de metal, entra en el ascensor. El arranque es suave pero enseguida se aprecia una rápida aceleración, hasta que la velocidad se estabiliza tras unos segundos. Se mira en el espejo que ocupa todo el panel del fondo, colocándose una vez más la corbata, ajustando la chaqueta sobre sus hombros, recolocando los pelos del flequillo sobre la frente, cada día más ancha. Cuando el indicador luminoso muestra el número 38, el visitante escupe el chicle en la palma de su mano, lo pega bajo una moldura del panel derecho, y ventosea ruidosamente, un pedo largo y potente que discurre inalterado hasta una última fracción de segundo en la que su tonalidad se eleva llegando a un final abrupto, definitivo, seguro de sí mismo. Un señor pedo.


La puerta de metal se desliza hacia el interior de la pared en el piso 47, el visitante sale del habitáculo con paso decidido. Pero la puerta vuelve a cerrarse con rapidez entorpeciendo su salida, dándole un fuerte golpe en el hombro derecho que le hace trastabillar. Mira la puerta ya cerrada del ascensor con desagrado, y encara a una nueva recepcionista.


- Gonzalo Vega. Tengo cita con Álvaro Quesada.

- Buenos días, señor Vega, don Álvaro le está esperando. Sígame, si es tan amable.


Casi una hora después el visitante vuelve a pasar su tarjeta frente al lector, las puertas del ascensor se deslizan para que él entre. Mira un instante el perfil de la puerta, desconfiando, se decide a entrar. La puerta hace un levísimo amago de cerrarse justo cuando cruza el umbral, pero vuelve a esconderse en el hueco del muro. Algo sobresaltado se instala en el interior, mascullando invectivas contra el elevador. El descenso comienza de manera abrupta esta vez, con una aceleración incómoda, pero en pocos pisos la velocidad se normaliza. El visitante se hurga la nariz tratando de librarse del moco reseco que le ha martirizado durante la entrevista, el dedo lo alcanza, la uña lo arrastra. El hombre lo mira un momento, lo va amasando entre las yemas de índice y pulgar, formando una esfera, apoya la uña del índice en la yema del pulgar, tensa los músculos, el moco sale despedido y choca contra las puertas cerradas del ascensor.


Planta 10, el ascensor se detiene, las luces se apagan.


- Puto ascensor de los cojones.


Bruscamente el recipiente de metal se pone en movimiento, luces apagadas, aceleración constante, arriba, arriba, arriba. El contenido animal estira los brazos, apoya las palmas de la mano sobre las paredes, presiona tratando de asirse. Planta 20, 21, 22, 25, 28, 35, 40... El metal cruje al detenerse con sequedad, impeliendo al pasajero contra el techo, que se desploma después en el suelo. Abre los ojos y se palpa la cabeza, el pelo está empapado, nota la humedad descendiendo por su cara, cubriéndole los ojos. La luz vuelve a iluminar el ascensor. El hombre se pone en pie, trabajosamente. Observa los paneles que le envuelven, solo encuentra un único botón metálico acompañado de un interfono, junto a la leyenda 'Botón de emergencia'. Lo pulsa. Nada sucede. Vuelve a pulsar el disco plateado. Nada sucede. Vuelve a pulsarlo, otra vez, otra vez, otra vez. La insistencia es desesperada, el índice es sustituído por la base del puño. El tercer puñetazo provoca un chispazo eléctrico que le recorre el espinazo, dejando una mancha negra en su antebrazo. Desplomado en un rincón el visitante observa el panel de emergencia, ojos y boca abiertos, ceño fruncido, cuerpo encogido y tenso. El elevador se pone de nuevo en marcha, con normalidad, subiendo. Ático, la puerta se desliza para permitir la salida, el hombre gatea atropelladamente hasta alcanzar el suelo de hormigón y sobre él se arrastra marcha atrás, sentado, sin perder de vista las puertas metálicas, que ya se han cerrado, vigilándolas.


Está en el exterior, el sol de mediados de julio golpea inmisericorde la azotea acristalada, el visitante recuesta su espalda en la barandilla que recorre el perímetro del edificio, trata de descansar, reponerse, cierra los ojos. De pronto se empieza a escuchar un zumbido mecánico y, simultáneamente, a través de sus párpados cerrados, comienza a observar que la luminosidad crece rápidamente. El pulso se acelera, los ojos se abren desorbitados, contempla la extensión acristalada de la azotea moviéndose, y entiende que lo que interpretó como cristales eran en realidad paneles solares. Acompasadamente van rotando, cada uno adoptando un ángulo diferente, todos acumulando la energía del sol en un punto cada vez más concentrado, actuando como una gigantesca lupa, todos dirigiendo su reflejo hacia el visitante, que trata de cubrirse el rostro con el brazo, que empieza a sentir que la piel de su mano se quema, que la tela de su traje comienza a desprender humo.


Dos patrullas de Policía Local acompañan al SAMUR frente al edificio de color azul, esperando la llegada del juez para levantar el cadáver. El cuerpo yace boca abajo, a los pies del gigante, junto a una papelera. Cuando los técnicos del SAMUR recogen los restos, despegándolos del pavimento, la colilla de un cigarrillo queda adherida al lugar que ocupaba la boca cuando aquel cuerpo aún tenía cara.




Audio: Counting Crows - Perfect Blue Buildings

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Así habla Zaparrustra (XIX)

¿Qué ha prohibido Cataluña?

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Los 'bous' están de enhorabuena: ya nunca más serán martirizados en Cataluña por la opresión españolista. A partir de ahora serán inmensamente felices recibiendo patadas y palos por 'els carrers' mientras corren con la alegría de llevar dos preciosas 'boles de foc' en su cornamenta. Porque de todos es sabido que los 'bous embolats' no sufren, ya que todo lo catalán es intrínsecamente bueno.



No estoy a favor de las corridas de toros, ni en contra. Me aburren, sencillamente. De lo que estoy absolutamente en contra es de la hipocresía. Si se prohiben las corridas de toros pero se blindan ante futuras iniciativas antitaurinas los 'correbous' y los toros embolados, para mí está claro lo que ha prohibido hoy el parlamento catalán: España. Me duele decirlo, pero el independentismo empieza a convencerme, soy de los que no saluda a quien nunca me devuelve el saludo.


Audio-vídeo: Mártires del Compás - Pañuelos blancos

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Impresiones impresionantes

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- Verás, muchacho, el proceso de fabricación es muy complicado. En primer lugar hay que tener en cuenta que para hacerlos usamos el mejor papel del mundo, el papel de baobab saharaui.


- ¿Saharaui?


- Saharaui, sí. Los pigmentos que se utilizan están fabricados a partir de polvo lunar que se compra a la NASA y después es procesado en una planta química japonesa de altísima tecnología. A eso hay que sumar el coste del transporte de estas materias primas, tintas y papel, a la imprenta. Se trata de una imprenta situada en las laderas del Everest, en la que monjes budistas utilizan secretas técnicas tradicionales para conseguir un acabado perfecto. Una vez terminado el proceso de impresión, el producto final se entrega en el Palacio de la Zarzuela para que Su Majestad se encargue de estampar su firma. Por supuesto, Don Juan Carlos se encarga de ello personalmente. Quizá lo ignores pero para la firma real se utiliza desde tiempos inmemoriales tinta de calamar suizo, carísima por su escasez, como comprenderás. Además, Su Majestad firma todo los documentos oficiales con la punta del nabo; introduce su majestuoso prepucio en el tintero y autografía los documentos con firmes movimientos de su pelvis dotándolos de autenticidad no solamente por los trazos que dibuja sino también por pequeños restos de su glorioso ADN que terminan impregnando el papel.


- ...


- Bueno, con esto queda contestada tu pregunta de por qué cuesta 158 euros el título de máster que solicitas. Ahora, si ves que tal, te vas a hacer el ingreso a la cuenta de la universidad. Si te interesa, digo. Si no te interesa, pues nada. En cualquier caso me dejas libre el mostrador, que hay gente esperando. Ale, circula.



Audio-vídeo: R de Rumba + Mala Rodríguez - Fabricante

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Marina

Así habla Zaparrustra (XVIII)

Un par de anuncios

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No, no voy a meter publicidad en el blog. Son anuncios benignos. Aunque ya puestos... Si alguien quiere alquilar un pisito céntrico en Alcalá de Henares o comprar un Renault Clio viejales baratito, baratito, yo tengo ahora en 'stock'. Ajum.


Pero a lo que vamos, los dos anuncios. Me llena de orgullo y satisfacción presentar ante todos mis lectores, esos cuatro seres privilegiados que saben reconocer a un genio de la blogosfera cuando lo ven (y a pesar de ello eligen leerme a mí), el nacimiento de una nueva 'web'. Es una página creada por una amiga que ha tenido la magnífica idea de crear un lugar en internet en el que los vecinos de su barrio (S'Escorxador, en Palma de Mallorca) puedan informarse e interactuar y en el que los comerciantes puedan también impulsar sus negocios. Además creo que puede ser interesante para gente ajena al barrio que tenga intención de pasar unos días en Mallorca y pueda buscar alojamiento, restaurantes o locales de ocio para sus vacaciones. Y por si esto os parece poco, es posible que próximamente la 'web' publique un relato mío inédito que a lo mejor marca un antes y un después en la literatura universal. O a lo mejor no, quién sabe. Ya os avisaré. Podéis acceder a 'S'escorxador - Online' a través de este enlace. Darle una vueltecilla que ha quedado muy chula.




El otro anuncio es que he cambiado el alojamiento de mis tres magnas obras literarias de Scribd.com a Smashwords.com. Desde hace unas semanas soy el entusiasmado propietario de un 'eReader' (lector de libro electrónico) lo que me ha hecho ser consciente de la importancia de los diferentes formatos disponibles (pdf, ePub, rtf, etc) a la hora de una correcta y agradable lectura en estos aparatos. Y como distribuyo los libros gratis y a través de internet, lo lógico es pensar que la mayoría de mis potenciales lectores puedan tener un armatoste de estos para leer. Así encontré Smashwords.com, una web en la que convierten tu libro a multitud de diferentes formatos apropiados para la lectura en 'eReader' y además ponen a disposición la lectura en línea o la descarga de formatos más apropiados para la impresión. Y allí que me he llevado a mís criaturillas. Además he aprovechado para corregir algunas cosillas, mayormente en lo que a ortografía se refiere. Así que nada, sabed que si hacéis clic en las portadas de los libros, ahora se os abrirá la página de descarga nueva.


Audio-vídeo: Joan Manuel Serrat - Per Mallorca

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