El cajón de los olvidos

No podía pegar ojo. Se levantó a fumar un cigarrillo. Miró la tele. Volvió a la cama. Las dos y dieciséis. Durante las noches en blanco da tiempo a pensar en muchas cosas. Y el pensamiento divaga incontrolado. Se descubrió pensando en la niñez, de pronto. Es difícil concebir una infancia más feliz.

Recuerdos. Comer cerezas recién arrancadas del árbol, guisantes recién recogidos de la mata. Aquel tomate con sal, cortado por la mitad, aún caliente del sol que caía a plomo sobre el huerto. O las noches de tormenta sentados en el porche, viendo los rayos en el horizonte. Contando los segundos que pasaban hasta que oían el trueno. Y el olor a tierra húmeda creciendo a cada momento hasta que la lluvia les alcanzaba. O despertar a papá y mamá los fines de semana, meterse en su cama, saltar, luchar... y después desayunar huevos fritos con beicon.

Las dos y cuarenta y cuatro. Pensó que era increíble la cantidad de buenos recuerdos que había en su cabeza. Nunca se había parado a pensarlo. En ese momento le asaltó un recuerdo turbio, del accidente. Pero no era igual.



Se dio cuenta de que no recordaba casi nada de aquello. Apenas los horribles gritos de aquella chica atrapada bajo el autobús escolar. Casi los podía oír. Pero poco más. Recordaba el antes y el después. Pero era consciente, más de veinte años después, de que aquel día tuvo que ver algo terrible. Era imposible no haberlo visto. De algún modo que no podía explicar sabía que lo vio y, sin embargo, no era capaz de recordarlo.

Trató de hacerlo, trató de recordar. Intentó visualizar lo que viera con seis años. Pero era imposible. Aunque sabía que el recuerdo estaba ahí, escondido en algún rincón. En algún cajón, en un cuarto oscuro del cerebro donde se guardan las cosas que no queremos recordar.

Quizás era necesario para seguir viviendo que aquello permaneciera allí, para mantener la cordura. O quizás la pestilencia de aquel recuerdo hubiera estado escapando por las rendijas del cajón durante toda su vida, por debajo de la puerta, delicada pero firmemente tiñéndolo todo; quizás era necesario un exorcismo. O quizás...

Sonó el despertador. Se duchó canturreando, se vistió de rutina y se aprestó a restar un día más.

7 comentarios:

Saltasetas dijo...

Me ha gustado el relato...
Aunq yo no sabria si clasificar eso como un mal sueño o no

Norma dijo...

No, no, es un recuerdo enterrado. Yo también tengo un par de ellos. Los revisitas en la oscuridad de la noche, los limas, los pules, los arreglas para que quepan mejor en el cajón, pero sin dejar que salgan nunca del todo. Son demasiado feos.
Necesito cosas bonitas a mi alrededor.
Un abrazo

KUTXI dijo...

Bueno, el relato es como las pelis que dan a la hora de la siesta: basado en hechos reales. Yo no diría que es un mal sueño, no sé.

Sé que es algo que tiene que andar por ahí dentro, en algún sitio, aunque no lo vea. No sé decidir si el hecho de haberlo escondido habrá sido esencial para haber seguido viviendo o si al estar ahí guardado va afectando cada cosa que hago. Y probablemente nunca lo sabré.

Cosas que pasan por la cabeza cuando no se duerme lo suficiente, supongo.

Un saludo a los dos.

gotomax dijo...

ahora viene cuando me cabreo...quiero más, grrrrr!!!!
Un diez por tu relato, me quito el bisoñé y descubro mi eternamente despejada frente mientras hago una reverencia. Lo del bisoñé no es deferencia, es porque al inclinarme hubiera caido al suelo quitándole solemnidad al acto, al tiempo que el ridículo hubiera sido mayúsculo. La culpa es de las drogas, malas y escasas a veces, abundantes y excelentes en otras.
Un saludo querido amigo, me ha gustado tu escrito.

KUTXI dijo...

Ahora entiendo por qué llevas esa bolsa... para que no se caiga el bisoñé! :-D

Las drogas no está mal que sean malas y escasas o abundantes y excelentes. Lo jodido es cuando son abundantes y malas, claro.

Gracias. ;-)

gotomax dijo...

justamente, jajajaja!!!!
sabes que leyendo la frase que encabeza tu blog, la del beso...me trae al recuerdo otra inspirada también en los besos, dice así:

"Besar la mano a una dama o es poco o es demasiado"
Simple pero llena de intenciones. No recuerdo exactamente a quien iba dirigida, pero creo que a alguien de la Casa Real Española.

KUTXI dijo...

Buena frase. Me recuerda, a su vez, a otra frase de Calamaro: "mis problemas con las mujeres son humanos/ o me aburren o estoy hasta las manos". Aunque la de los besos en la mano tiene más miga y da mucho más juego, la verdad.