Veinte años no es nada

Lo decía Gardel, eso de que veinte años no es nada.

En realidad algo es. En 1988 Sinead O'Connor cantó por última vez en directo una de las pocas canciones que me ponen la carne de gallina (o el cutis de ave, como decía el otro) cada vez que la escucho. El año pasado, veinte años después, la volvió a hacer en concierto.

Y bueno, veinte años son bastantes cosas. Veinte años son veinte kilos más. Una orquesta en lugar de una guitarra acústica. Un poco menos de potencia en la voz (si pierde algo más de potencia ya será casi humana). Un mucho menos de rabia escapando a borbotones.

Es verdad que el año pasado ya no se le arrugaba la nariz. Que no perdía el control y pasaba de cantar a rugir. Que su voz se ha hecho algo más grave y menos incisiva. Que el último 'You're still a liar' (o 'lawyer', que hay quien dice que dice) no te atraviesa ya el cuerpo como una descarga eléctrica.

Pero también es cierto que, a pesar de los estragos del tiempo, sigue siendo un gigante de 163 centímetros. Y a pesar de todo sigue poniéndome la carne de gallina. Y a través del tiempo, de los kilos, de las canas, una vez terminada la actuación, cuando ya es consciente de haber superado la prueba, cuando sabe que ha sido capaz de volver a cantar semejante salvajada de canción, vuelven a aparecer Sinead, sus ojos brillantes, su sonrisa de bola extra, y por unos segundos estamos en 1988.



Audio-video: Sinead O'Connor - Troy (Pinkpop Festival 1988)
                      Sinead O'Connor - Troy (Night of the Proms 2008)