Kiko Borrico

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El sonido de la persiana de metal puso a volar a una bandada de gorriones. Kiko los observó posarse unos metros más allá, en el alero del ayuntamiento. Limpió las gafas y se secó el sudor del rostro con el pañuelo antes de volver a colocárselas. Maricarmen terminó de abrir y se refugió del calor en el estanco, colocó el cartel de 'abierto' y se quedó unos segundos mirando a Kiko a través del cristal, en el otro extremo de la plaza, sentado en el banco junto a la puerta de la iglesia. Dónde irá con el chándal, con la que está cayendo.

¡Kiko Borrico! ¡Kiko Borrico! ¡Kiko Borrico! Los cuatro chavales pararon sus bicicletas frente al banco. '¿Tienes frío, Kiko?' 'Habrá salido a hacer footing. ¿Te estás preparando para las paraolimpiadas?' La rueda de una de las bicis se colocó sobre su pie izquierdo. '¿Los zapatos estos con borlas son los oficiales de atletismo para mongos?' Había aprendido a aguantar las burlas. Hace años era diferente, solía defenderse. Hay gente que dice que las palabras hacen más daño que los golpes. Pero no es cierto. El dolor de los golpes se pasa, eso es verdad, pero los golpes humillan más que las palabras. La impotencia, la indefensión, el desprecio. La última vez fue la peor. Lo arrinconaron unos chicos en la esquina del tío Pera. Se trataba de ver quién era el primero en saltarle las gafas de una colleja, dijeron. Eso fue hace unos quince años. Decidió entonces soportar las burlas.

'¡Déjame, hijo de puta!' Soltó una patada. '¿Qué has dicho?' Kiko metió las manos en la chaqueta del chándal, agachando la mirada. '¡Que qué has dicho, subnormal!' 'Va, déjale Marcos, vámonos a la pisci'. Se marcharon. Marcos el último. 'Ya te pillaré otro día. Retrasado.' Se quedó sentado allí unos diez minutos, sin poder moverse, le temblaban las rodillas. Entonces se levantó y empezó a caminar decidido, cruzando la plaza, aún con las manos en la chaqueta.

Salió de la trastienda al oir la campanilla de la puerta. A ver este que quiere ahora. 'Dime'. La respuesta fue un murmullo ininteligible. '¿Qué? Venga, dime rápido qué quieres que estoy viendo la novela.' 'El dinero, dame el dinero de la caja'. Maricarmen le miró incrédula. Estaba allí plantado, con el chándal verde, el sudor empapándole la frente, y la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta simulando una pistola. Le dio la espalda y alcanzó un paquete de tabaco de la estantería. 'Me vas a hacer salir para nada... Toma, un Fortuna. Tres euros.' Kiko la miraba aturdido, así que salió de detrás del mostrador, cacheó sus pantalones, sacó su cartera y cogió ella misma un billete de cinco euros. 'Hala, toma, un mechero para hacer los cinco euros. Y ahora, largo.' Cuando le vio salir a la calle, volvió a la trastienda y se sentó en el sofá a ver la novela.

Parado ante la puerta del estanco, frente a la iglesia, le pareció que esta se le venía encima. Sintió que la iglesia le aplastaba, que le aplastaba la plaza, que el calor fundía el mundo y el mundo caía sobre él. Se quedó mirando el paquete de tabaco y el mechero de plástico azul transparente, que sujetaba en su mano izquierda. Sacó la derecha de la chaqueta y metió el cañón de la pistola en su boca. Al oír el estruendo Maricarmen subió un poco más el volumen del televisor.


Audio: Counting Crows - Another Horsedreamer's Blues

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