Aviones

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Los viajes en avión fueron uno de los grandes avances de la humanidad. Durante décadas, especialmente tras la aparición de los primeros aeroplanos a reacción para pasajeros, la gente pudiente se dedicó a visitar países lejanos y exóticos con gran comodidad y sin la necesidad de emplear excesivo tiempo en el desplazamiento. Con el pasar de los años más y más personas tuvieron la posibilidad de acceder a este adelanto. Recuerdo mis primeras experiencias como pasajero aéreo, y cómo era una delicia surcar los cielos sentado cómodamente mientras guapísimas azafatas, aeromozas que dicen en México, te agasajaban con viandas y refrescos gratuitos. Pero a la aviación, como al Imperio Otomano o a Sara Montiel (por citar dos ejemplos de la misma época histórica), le llegó el momento de la decadencia. Hoy en día cualquier mindundi (véaseme) puede surcar los cielos sentado cómodamente  mientras guapísimas (o escombro, según te toque) azafatas te sacan un ojo de la cara por unos kikos revenidos.


Hay cosas muy curiosas en esto de la aviación comercial. Por ejemplo, se exige a los pasajeros presentarse en el aeropuerto dos horas antes de la salida del vuelo. A esto, tras decenas de vuelos en mi haber, no le he encontrado explicación lógica, aunque manejo dos hipótesis que llamaré “Hipótesis 7” e “Hipótesis Maripepa”.


Hipótesis 7: Viajar en avión produce el mismo efecto que bañarse en la piscina, es decir, no se puede hacer sin pasar previamente las dos horas de la digestión. Esta es la razón, también, de los criminales precios de las cafeterías de aeropuerto: ahuyentar a los clientes potenciales para que no embarque ni un solo pasajero con el estómago lleno. Y, por si alguien consiente en ser estafado, también han decidido despachar especialidades tales como “hamburgesa rancia”, “bocadillo de tortilla reseco” o “porción de pizza con aspecto de vómito de caribú”.


Hipótesis Maripepa (hipótesis así bautizada en honor del Rey Carlos III, que tenía la costumbre de usar la palabra “maripepa” cada vez que se dirigía a alguna mujer así llamada): No hay ninguna necesidad real de estar en el aeropuerto dos horas antes de la salida del vuelo, pero se recurre a esta estratagema para evitar que las industrias del tabaco, el alcohol, los perfumes y los toblerones vayan a la quiebra. Es decir, las autoridades de aviación civil nos obligan a matar dos horas paseando por las tiendas de “duty free”. Esto lo han desarrollado hasta un punto de perfección absoluta en el aeropuerto internacional de Arlanda (Estocolmo) en el cual, nada más pasar el control de seguridad (y humillaciones varias), te encuentras, sin comerlo ni beberlo, dentro de una tienda de “duty free” y obligado, como ratón de laberinto, a recorrerla entera para dirigirte a tu puerta de embarque. Hay que tener mucha fuerza de voluntad o muy poco dinero para salir de ahí indemne.


He nombrado sucintamente los toblerones en el párrafo anterior. Es una cosa, también, que me resulta muy curiosa: las enormes similitudes que hay entre volar en avión e ir al cine. El cine y los aeropuertos tienen la exclusiva mundial de distribuición de toblerones; no he visto toblerones en ningún otro lugar. Además, en las taquillas del cine y en los mostradores de facturación del aeropuerto te hacen la misma pregunta: ¿Dónde quiere que le coloque? Alguna vez tengo que probar, en el aeropuerto, a contestar: ni muy alante ni muy atrás, y centradita. Por ver qué cara ponen. Pero en un avión lo que hay que elegir, en realidad, es pasillo o ventanilla. Y si te pones muy exquisito pides ala. O pechuga, muslo no tienen. Bueno, que digo pasillo o ventanilla cuando debería decir pasillo o trozo de fuselaje entre dos ventanillas, que es lo que a mí me toca siempre.


Otra similitud entre el cine y los aviones es que ninguno tiene ventanillas. Bueno, el avión tiene pero no se pueden abrir. Hay quien dirá que no se pueden abrir porque si abrieras una de esas ventanillas, por efectos de la presión, se te saldrían los ojos de las cuencas y te explotarían los pulmones, algo que casi nunca es agradable (con la única excepción de que dicha tragedia ocurra mientras lees un libro de Sánchez Dragó). Pero no, la realidad es que no se pueden abrir porque en los aviones, al igual que en los cines, siempre suele haber un P.N.B., esto es, un Puto Niño Berreante, y si las ventanillas se pudieran abrir yo, personalmente, habría lanzado al vacío a varios P.N.B. en la última década.


Más cosas en las que se asemejan cine y aviación: acomodadores, luchas por el reposabrazos, capullos que no apagan el móvil, anuncios previos al espectáculo principal (película o vuelo)... En el cine suelen ser anuncios de próximos estrenos y la gente presta poca o ninguna atención. En el avión son siempre anuncios de medidas de seguridad y la gente presta ninguna atención o


a) se mofan de la o el auxiliar de vuelo


b) miran a la o el auxiliar de vuelo pensando en zumbársela o lo.


Estos anuncios de seguridad tienen una cosa a la que no consigo encontrarle el sentido y es la siguiente: “Antes de despegar asegúrese de que su cinturón está abrochado, su bandeja recogida, su respaldo en posición vertical y...” ¡Ojo! “... la persiana de la ventanilla está completamente abierta”. O sea, eso, en lo que a seguridad aérea se refiere, ¿para qué pijo vale? ¿Qué es, para que veas venir la hostia y no te pille de susto? ¿Para que vigiles por si aparece el famoso bicho jodemotores?



No sé para qué dirán eso. Aunque sí opino que la persiana de las ventanillas siempre ha de ir abierta. Es muy bonito ver las nubes desde arriba, como si fueran de algodón. O contemplar la geografía de las zonas sobrevoladas: “¡Mira, la bota de Italia! ¡Mira, el Canal de la Mancha! (No confundir con la televisión autonómica de Castilla-La Mancha) ¡Mira, el país ese de los gilipollas! ¿Francia? ¡Sí, Francia!” Yo mismo, el pasado 26 de octubre, mientras volaba de Barcelona a Madrid, pude ver desde el avión (un MacDonnell Douglas modernísimo en los años 80) la silueta, perfectamente dibujada, del cabo de Hornos. ¿Cómo que no te lo crees? ¿Cómo que “anda vete, filete”? Se veía el cabo de Hornos. En lontananza, reconózcolo. Es más, diría que se veía a tomar por culontananza, pero vamos, era el cabo de Hornos clarísimamente. Y mataré a cualquiera que ose desmentirme. La última persona en desmentirme fue Terelu Campos y ahí la tenéis. Viva, sí, pero trabaja con el Jorge Javier Vázquez y la Belén Esteban. Y para colmo cada día tiene más tipo tordo, como la madre. Así que cuidadín.


Ya para terminar quiero hacer una loa al país que vio nacer a tan insignes figuras como Miguel de Cervantes, Arturo Fernández, Diego de Velázquez, Cañita Brava o yo mismo (nótese que me he puesto en los impares, el grupo de la gente guay). En ese mismo vuelo entre Barcelona y Madrid, mientras sobrevolábamos la piel de toro, la exuberante belleza de España me subyugo hasta tal punto que pensé: si hay vida en ese cacho secarral... ¡Por cojones tiene que haber vida en Marte!


Audio-vídeo: Andrés Calamaro - Los aviones

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