La chica de la curva

Ocurrió en el otoño de 1991. Por aquel entonces trabajaba como delegado comercial para la zona de Levante en una empresa francesa que comercializaba autorradios. Cuando llegué aquella mañana a la oficina me encontré con el pastel de que el compañero que llevaba Aragón y Cataluña había caído enfermo justo el día en que pensábamos cerrar un importante acuerdo con un distribuidor de relumbrón en Zaragoza. Así que mis planes de pasar el día tranquilamente en la oficina se fueron al garete y tuve que echarme a la carretera.

A las nueve y media me puse en camino consolándome con que, al menos, acostumbrado a las carreteras españolas repletas de curvas criminales y plagadas de camiones imposibles de adelantar, el viaje se me haría cómodo por la recién inaugurada autovía. Y lo cierto es que así fue: cómodo y rápido. Tan rápido, de hecho, que a la altura de Medinaceli me di cuenta de que llevaba cerca de una hora de adelanto y decidí parar a estirar las piernas y tomar un café.

Fue al volver a ponerme en camino, tras el descanso, cuando vi a la chica por primera vez. En mitad de una larga recta, a la sombra de los árboles que ocupaban la margen derecha de lo que pocos meses antes había sido la Nacional II, una muchacha rubia de unos veinte años hacía autoestop. Cuando uno está acostumbrado a pasar muchas horas solo en carretera aprovecha cualquier ocasión para viajar acompañado, poder charlar con alguien hace más ameno el viaje, así que detuve el coche.

- Hola, ¿puede llevarme, por favor?

- ¿Dónde vas?

- A Zaragoza.

- Vale, yo también. Sube.

La chica se sentó en el asiento del acompañante y reanudé la marcha. Después de incorporarme a la autovía, unos doscientos metros más adelante, encendí un cigarrillo y comencé a conversar. Ella, sin embargo, apenas contestaba con monosílabos y se mostraba nerviosa.

- ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? - pregunté.

- No. Sí. Eh... Tienes que tener... cuidado con... - mientras hablaba su expresión me alarmó, parecía terriblemente asustada.

- ¿Cuidado? ¿Cuidado con qué?

- La curva... Ten cuidado con... la... con la...

- ¿La curva? ¿Qué curva?

Ante nosotros se extendían varios kilómetros de recta perfectamente asfaltada hasta donde alcanzaba la vista. La muchacha se sumió en un absoluto mutismo, entonces. Su aterrorizada expresión fue sustituida, con el paso de los kilómetros, por lo que a mí me pareció la más genuina muestra de asombro.

No fue hasta pasada La Almunia que ella volvió a hablar. Me contó su historia. No digo que fuera la historia verdadera, pero es su historia, la historia que ella contó. En 1985 su novio hacía la mili en la Base Aérea de Zaragoza y, contra la voluntad de sus padres, decidió ir a visitarle. No teniendo una peseta, lo único que se le ocurrió hacer fue parar el coche de algún desconocido que la llevará hasta Zaragoza; y así lo hizo. El viaje, sin embargo, fue más que breve: recorridos apenas dos kilómetros el conductor que la había recogido perdió el control del vehículo y salió recto en una curva. Ella murió en el acto. Desde entonces, había dedicado su tiempo -infinito, por otro lado- a hacer autoestop para advertir a los viajeros del peligro que acechaba tras aquella maldita curva.

- ¿Estás de coña?

- No. Es la verdad. Lo que no entiendo es qué ha pasado con la curva.

- Bueno. Han cambiado la carretera.

- Ah. Vaya.

- ¿Y qué vas a hacer ahora?

- ¿Qué voy a hacer?

- Sí, qué vas a hacer.

- Pero... ¿me crees?

- ¿Lo que has contado? Ni una palabra. Pero es una conversación interesante. ¿Qué piensas hacer?

- Supongo... Supongo que iré a Zaragoza. Esa era la idea.

Y bueno, así fue como llevé a Zaragoza a la Chica de la Curva. Si me preguntas si de verdad creo que llevé a un espíritu de Medinaceli a Zaragoza, no sabría qué contestar. Siempre pensé que recogí a una chavala fantasiosa que me contó una milonga, pero como me amenizó el viaje no me pareció mal, todo lo contrario. La cosa es que la volví a ver hace cuatro años. Fui a pasar el día a Zaragoza con mi mujer: comimos, vimos El Pilar, lo típico. A media tarde, paseando junto al Ebro, pasamos junto a la misma chica rubia. Estaba advirtiendo a unos turistas del peligro de caer al río y perecer ahogado. Eso, dirás, confirma que se trataba de una chalada. Y tendrías razón si no fuera porque aquel día de primavera de 2006, en Zaragoza, tenía exactamente el mismo aspecto que cuando subió a mi coche.


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5 comentarios:

Norma dijo...

Me ha encantado y... por qué no decirlo, inquietado XDD

Creo que la muchacha podría labrarse un futuro en el terreno del tomtomismo. Me la veo diciendo:
.Gire a la derecha
.Como gire a la derecha me como un muro
.Ese muro no estaba allí en 1999, cuando yo, bla, bla
. Mariano, no te distraigas, coñe, que ya nos has metido por la de peaje!!

kutxi dijo...

Jajajaja! Y a mí me ha encantado tu comentario!

Norma dijo...

Da para blogonovela compartida ;)

Leo dijo...

¡Hola! Me ha encantado esta nueva versión de la chica de la curva. Y el comentario de Norma también.
Sigo cotilleando, con permiso.
Un saludo.

Aranzazu de Iparralde dijo...

Yo lo vivi en primera persona