Enfocando

Me despido del inspector de policía, cuelgo el teléfono, echo el cierre metálico a la tienda. Me dejo caer en el sofá de la trastienda tratando de encajar lo que el inspector me ha contado. ¿No debería estar llorando? ¿O atacado de los nervios? ¿O algo? ¿No debería sentir algo? No siento nada, me siento como. Como un trozo de corcho, quizá.

Conozco a Carlos desde... siempre. Hemos crecido juntos, casi como hermanos. Y a Paula la conocimos los dos un par de años antes de que empezaran a salir, cuando ella se mudó al pueblo. Teníamos los tres quince años. No, miento. Carlos es un año mayor. Era. Era un año mayor. El caso es que Paula llegó y lo trastocó todo. Era preciosa. Y era una novedad, también. Paula nos gustaba a todos. Pero eligió a mi amigo, a mi hermano.

Me levanto como impulsado por un resorte y abro la puerta del laboratorio, enciendo la luz y me siento al ordenador. Descargo las fotos de la comunión de Daniela que están desde ayer en la memoria de la cámara. No sé si quiero simplemente verlos vivos o si espero encontrar algo en las fotografías. Lo cierto es que no quiero nada, solo me dejo llevar. Me dejo llevar.

Ellos fueron mis primeros clientes también, hice el reportaje de su boda. Cuando empecé con la fotografía ambos me apoyaron. Paula se prestaba como modelo a menudo. Hubo aquel roce, claro. Cuando los desnudos. Fueron unos meses jodidos. Pero al final Paula convenció a Carlos de que no había nada. Y yo entendí que no se podían cruzar ciertos límites. Entendí que existían Paula y Carlos. Y en otro cajón estaba yo. Lo entendí y las cosas volvieron a ser como siempre.

Voy mirando cada foto sin prestar demasiada atención. Pulsando el ratón como un autómata. Viendo a mis amigos y a su niña. Perfectos. En el salón de su casa. Perfectos. Llegando a la iglesia. Perfectos. Daniela comulgando. Perfecta con su dorada cabellera. Y seria, como siempre. Era una niña extraña, Daniela. Preciosa, como una muñeca de porcelana. Fría, como una muñeca de porcelana. Siempre fue así. No recuerdo verla llorar. Ni reír.

El teléfono suena en la tienda y salgo a contestar: Cárdenas. Me esperan a las nueve de la mañana en comisaría para hacerme algunas preguntas. Y para ver las fotos de la científica. “Mañana a las nueve”, contesto antes de colgar. Esas fotos no me apetece verlas. El inspector ya me ha explicado en su anterior llamada cómo habían encontrado la casa. Puertas y ventanas cerradas. Carlos y Paula deslavazados sobre un charco rojo en la blanca moqueta del salón, acuchillados una y otra vez. Daniela sentada en el sofá, el vestido de comunión empapado en sangre, mirando a sus padres con ojos de cristal, un corte horizontal en su garganta.

Vuelvo al ordenador. Daniela saliendo de la iglesia. Carlos y Paula en el jardín de la plaza, con Daniela en medio. Carlos y Paula en el jardín de la plaza, con Daniela en medio. Avanzo tres fotografías de golpe, de forma involuntaria. Levanto la mano del ratón y miro mis dedos temblar. Carlos y Paula en el jardín de la plaza, con Daniela en medio. Ya he visto esa foto. No sé dónde y no entiendo cómo. Pero la he visto antes.

Abro el armario del material. Cámaras, objetivos, baterías, cedés. Todo apilado de mala manera en el armario de metal. En el estante de abajo están los cedés personales. Voy revisándolos uno por uno. Cumpleaños de Daniela. Vacaciones juntos. Navidades. Paso las fotos de forma frenética, fijándome solo en la composición. Clic, clic, clic, clic, cliclicliclicliclicliclicliclicliclicliclicliclic... Y de pronto un golpe seco en el interior del armario hace que todo mi cuerpo se tense. Paso una mano por mi pelo y suspiro mirando al techo. Cálmate.

Abro el armario y al hacerlo parte del material cae al suelo. Se ha soltado la balda superior. Vuelvo a colocarlo todo como puedo y recojo las cosas del suelo. Y está allí. Lo veo al levantar el trípode pequeño. Boda de Carlos y Paula. Coloco el cedé en el equipo. Voy pasando las fotos, una a una. Carlos y Paula por separado, cada uno en casa de sus padres. Carlos llegando a la iglesia. Paula llegando a la iglesia. Fotos de la ceremonia. Los recién casados bajo una lluvia de arroz y confeti. Carlos y Paula en el jardín de la plaza. Carlos y Paula en el jardín de la plaza. Ahora lo recuerdo. ¿Guardé copia de esa foto?

No les hizo gracia. Paula se enfadó, incluso. Tal vez no fuese una buena idea, pero era una broma nada más. Una puta broma. Pero con ellos siempre era así. Todo tenía que ser perfecto. Siempre perfecto. La pareja perfecta. La boda perfecta. La vida perfecta.

Busco entre los cientos de fotografías y papelajos que cogen polvo en el archivador. Puede estar aquí. Era una tontería. Cogí la fotografía que tenían en el jardín y puse entre ellos otra imagen que bajé de internet, de una página de misterio, ovnis y gilipolleces de esas. Quedó bastante bien. Estaban ellos y, entre medias, una niña vestida de blanco que, fijando su fría mirada en el objetivo, flotaba a dos palmos del suelo.

Tengo que encontrar esa foto. Tengo que ver esa foto. Tengo que comprobarlo con mis propios ojos. Tengo que asegurarme de que no estoy loco. Pero no aparece. Suena la campanilla de la puerta. Empiezo a caminar para salir de la trastienda y entonces recuerdo. Bajé la persiana metálica. Bajé la persiana y eché el cierre. Busco a mi alrededor algo que sirva como arma, agarro el trípode y salgo con cautela. Y encuentro la fotografía sobre el mostrador. Carlos y Paula en el jardín de la plaza, con Daniela en medio. Daniela. Daniela flotando a dos palmos del suelo.

Me froto los ojos con furia. Observo la fotografía otra vez. Pero no. No es Daniela. Es una niña morena. No se parece a Daniela. Daniela es rubia y tiene una cara completamente diferente. Puedo hacer memoria y recordar su cara. Parece que la estoy viendo, con el largo pelo rubio, el vestido blanco, la sangre brotando por una grieta en su garganta.

Arrugo la fotografía y la arrojo a la papelera, sobre unas toallas rosadas. Descuelgo el teléfono: “Soy José Ramón Martínez Márquez. Quisiera hablar con el inspector Cárdenas, por favor”.

Audio-vídeo: Billy Corgan - The cameraeye ("I unaware move against my will")

5 comentarios:

Norma dijo...

Se me escapa la maldad gratuita del relato. Un día me la cuentas.

Pero vaya, creo que el norte le está sentando muy bien a tus escritos.

kutxi dijo...

Penúltima línea. :D

Y gracias. Creo que estoy de acuerdo, pero también pueden ser dos hechos aislados, jaja.

Xabier dijo...

Oye, me mola el fondillo macabro del tema. Muy bueno la verdad.

Norma dijo...

Vale, con ayuda del relato-forum del facebook ahora sí ;)

kutxi dijo...

Norma... vengativo que es uno. xD

Xabi, gracias. Y mira el correo lestrónico! ;-)